Capítulo Uno
Contar con el retrato robot del asesino es un asunto prioritario en cualquier investigación policial, pero si el crimen se cometió hace cinco siglos, la cosa se complica.
Una pintura del Renacimiento no se debe considerar exactamente una prueba pericial, pero, aun así, puede decirnos mucho sobre la vida y las circunstancias que rodearon al artista. No me refiero sólo a los mensajes del cuadro en cuanto obra de arte, sino a esa otra dimensión de la superficie pictórica, con sus sucesivas capas de pigmentos que nos cuentan la historia de una obra determinada del mismo modo que los aros en la corteza del árbol nos hablan de su edad biológica. A veces la psicología del pintor queda registrada en cada pincelada, al alisar o difuminar, y en ocasiones incluso en forma de huella digital. Según algunos científicos, las pinturas podrían encerrar el código de su ADN, presente microscópica
Capítulo Uno
Contar con el retrato robot del asesino es un asunto prioritario en cualquier investigación policial, pero si el crimen se cometió hace cinco siglos, la cosa se complica.
Una pintura del Renacimiento no se debe considerar exactamente una prueba pericial, pero, aun así, puede decirnos mucho sobre la vida y las circunstancias que rodearon al artista. No me refiero sólo a los mensajes del cuadro en cuanto obra de arte, sino a esa otra dimensión de la superficie pictórica, con sus sucesivas capas de pigmentos que nos cuentan la historia de una obra determinada del mismo modo que los aros en la corteza del árbol nos hablan de su edad biológica. A veces la psicología del pintor queda registrada en cada pincelada, al alisar o difuminar, y en ocasiones incluso en forma de huella digital. Según algunos científicos, las pinturas podrían encerrar el código de su ADN, presente microscópicamente en rastros de saliva o de sangre. Pero hasta el momento y teniendo en cuenta la precariedad de medios con que suele trabajar una historiadora del arte, será mejor no contar con esa posibilidad.
Llegué a Florencia con una beca de la Fundación Rucellai para escribir mi tesis doctoral sobre el pintor Pierpaolo Masoni, conocido como el Lupetto, uno de los artistas más enigmáticos y prometedores del Quattrocento, que, a causa de un accidente, se quedó ciego en 1478 cuando contaba apenas treinta y tres años. Afortunadamente antes tuvo tiempo de llevar a cabo algunos encargos importantes para la familia Médicis, como la polémica Madonna de Nievole y además dejó constancia de sus reflexiones en una serie de manuscritos valiosísimos para cualquier amante del arte. Sin embargo desde el mismo momento en que empecé a sumergirme en aquellos textos depositados en un anaquel del primer piso del Archivio di Stato de Florencia, mis obsesiones se fueron volviendo más propias de un detective que de una estudiosa del Renacimiento.
Al principio de mi estancia en la ciudad experimenté una profunda decepción. Florencia me pareció una ciudad abandonada a su suerte, con los basureros desbordados y un fragor de bocinas y sirenas que rompían el reflejo de su pasado renacentista. Pero poco a poco fui acostumbrándome a aquella respiración de búfalo cansado. Aprendí a caminar por las calles sin tropezar con las hordas de turistas que invadían a todas horas las estrechas aceras del casco viejo. Según el momento del día reinaba un batiburrillo humano de diferente calado: ejecutivos que salían de casa temprano con una cartera de trabajo dejando en el aire una nube irrespirable de loción after-shave, niños camino del colegio con sus gorros y bufandas de Benetton, funcionarios estatales, frailes, japoneses que se retrataban sentados en las mismísimas rodillas del Holofernes de Donatello, parejas de recién casados besándose en el Ponte Vecchio, motocicletas que iban saltando ruidosamente entre las terrazas de los restaurantes, y cientos de jóvenes de piel oscura que al atardecer vendían brazaletes y relojes a seis euros en la plaza de la República, golpeando los pies contra las losas de piedra para sacudirse el frío. Gentes de paso.
Entre aquellas manadas de transeúntes que cada mañana tomaban las calles por asalto, yo era una más. Una transeúnte bastante desorientada, eso sí, con una beca de la Fundación Rucellai en mi poder, un contrato de alquiler para seis meses que me habían conseguido desde la oficina del rectorado de Santiago de Compostela, una maleta llena de libros y un par de asuntos personales que necesitaba olvidar.
El camuflaje es la primera táctica de supervivencia que una debe aprender para adaptarse a cualquier mundo cuyo código desconoce. Pero cuando la sensación de extrañeza se volvía demasiado intolerable, entonces tenía un recurso infalible para transformar la realidad a mi antojo. Mientras esperaba en la parada del 22 para dirigirme al Archivo o mientras tomaba un capuchino en el café Rivoire, en la piazza della Signoria, me ponía a mirar por la ventana y sin esforzarme mucho, en cuestión de segundos, irrumpía el pasado y se abría ante mí el hervidero de la Florencia del siglo xv. Por mi mente iban desfilando cortesanos y capellanes, notarios, barberos, tallistas y mercaderes como si me encontrase en el rodaje de una película de época.
Si poner distancia por medio supone siempre un bálsamo para cualquier enfermedad del espíritu, viajar en el tiempo todavía lo es más. Así que decidí atrincherarme dentro de mi fortaleza renacentista donde no estaba dispuesta a dejar entrar mensajes de móviles, ni cartas procedentes de otro mundo, ni ausencias de ningún tipo. Allí me sentía segura con una simple taza de café y el relente del invierno florentino que me llenaba la cabeza de sueños.
Aunque había aterrizado en Florencia casi sin haberlo decidido, enseguida tuve la sensación de estar asistiendo a una cita establecida con mucha anterioridad, sin que yo lo supiera. Llegué a la ciudad un día de invierno con la capucha de la trenca calada hasta las cejas y trescientos euros en el bosillo bajo un aguacero del fin del mundo. El limpiaparabrisas del taxi que me llevó desde el aeropuerto hasta mi apartamento en la vía della Scalla no daba abasto para despejar la cortina de agua que velaba los cristales y apenas me dejaba entrever el aire que rezumaba aquel barrio que se extendía detrás de Santa Maria Novella, repleto de fachadas desconchadas con patios ahogados y capillitas de vírgenes en las paredes. Toda la ciudad parecía sumergida y a merced de la corriente. Pero en ese primer momento no se me ocurrió pensar que había llegado a un lugar lleno de pasadizos secretos que comunicaban peligrosamente el pasado con el presente. Eso fue algo que descubrí después, cuando la fuerza de la corriente me había arrastrado ya demasiado lejos de la orilla para volverme atrás. Estaba tan vampirizada por aquel mundo que en ocasiones el simple paso de una calesa de turistas me hacía percibir el olor inconfundible de las boñigas de los caballos pisoteadas en las . . .
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Excerpted from Quattrocentoby Susana Fortes Copyright © 2008 by Susana Fortes. Excerpted by permission.
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