Capítulo Uno
Cómo ayudar a los j niños a
enfrentarse a sus sentimientos
Primera parte
Yo fui una maravillosa madre antes de tener hijos. Era una experta en el porque todos los padres tenían problemas con sus hijos. Después tuve tres hijos.
La vida con niños puede ser humillante. Cada mañana acostumbraba decirme a mí misma, "El día de hoy las cosas serán diferentes", y cada mañana era una variación de la anterior. "¡Le diste a ella más que a mí!"..."¡Esa es la taza color de rosa; Yo quiero la azul!"..." Esta avena parece vomito!"... "Él me dio un puñetazo"..."¡Ni siquiera lo toqué!"..."No me iré a mí habitación... ¡Tú no eres el jefe!"
Al fin acabaron por agotar mi paciencia; y a pesar de que era lo último que jamás había soñado en hacer, me uní a un grupo de padres. El grupo se reu
Capítulo Uno
Cómo ayudar a los j niños a
enfrentarse a sus sentimientos
Primera parte
Yo fui una maravillosa madre antes de tener hijos. Era una experta en el porque todos los padres tenían problemas con sus hijos. Después tuve tres hijos.
La vida con niños puede ser humillante. Cada mañana acostumbraba decirme a mí misma, "El día de hoy las cosas serán diferentes", y cada mañana era una variación de la anterior. "¡Le diste a ella más que a mí!"..."¡Esa es la taza color de rosa; Yo quiero la azul!"..." Esta avena parece vomito!"... "Él me dio un puñetazo"..."¡Ni siquiera lo toqué!"..."No me iré a mí habitación... ¡Tú no eres el jefe!"
Al fin acabaron por agotar mi paciencia; y a pesar de que era lo último que jamás había soñado en hacer, me uní a un grupo de padres. El grupo se reunía en un centro de guía infantil de la localidad y al frente de l estaba un joven psicólogo, el doctor Haim Ginott.
La reunión resultó de lo más interesante. El tema fue "los sentimientos de los niños", y las dos horas pasaron sin sentirlas. Llegue a casa sintiendo que en mi mente giraban nuevos pensamientos y con un cuaderno de notas con ideas todavía sin digerir:
Después de la sesión, recuerdo que pensé, "Quizá otros padres actúan de esa manera; pero Yo no". Entonces empecé a escucharme a mí misma. He aquí algunas muestras de las conversaciones en mi hogar en un solo día.
El Niño: Mami, estoy cansado.
Yo: No puedes estar cansado; acabas de dormir la siesta.
El Niño: (en voz más alta). Pero estoy cansado.
Yo: No estás cansado; sólo tienes un poco de sueño. Vamos a vestirte.
El Niño: (sollozando). No, estoy cansado!
El Niño:Mami, hace mucho calor aquí.
Yo: Está haciendo frío; déjate puesto el suéter.
El Niño: No, tengo calor.
Yo: "Te dije que te dejaras el suéter puesto!"
El Niño: No, tengo calor.
El Niño: Ese programa de televisión estuvo muy aburrido.
Yo: No es verdad; fue muy interesante.
El Niño: Fue estúpido.
Yo: Fue educativo.
El Niño: Apestaba.
Yo: ¡No hables así!
Se dan cuenta de lo que estaba sucediendo? No sólo todas nuestras conversaciones se estaban convirtiendo en argumentos, sino que además Yo le estaba repitiendo a mi hijo una y otra vez que no confiara en sus propias percepcíones, sino en las mías.
Una vez que tuve conciencia de lo que estaba haciendo, decidí cambiar, pero no estaba muy segura de cómo podría lograrlo. Lo que al fin me ayudó fue ponerme en el lugar de mi hijo. Me pregunté a mí misma, "Supongamos que fuera una niña que está cansada, tiene calor o está aburrida? Y supongamos que quisiera que ese adulto tan importante en mi vida se enterara de lo que Yo estaba sintiendo...
Durante las siguientes semanas traté de sintonizarme con lo que creía que mis hijos podrían estar experimentando; y cuando lo hice, mis palabras parecieron seguir naturalmente a ese cambio. No sólo estaba usando una técnica; en realidad hablaba en serio cuando decía, "De manera que todavía estás cansado a pesar de que acabas de dormirla siesta". O bien, "Yo tengo frío, pero para ti aquí hace calor". O "Me doy cuenta de que no te agradó mucho ese programa". Después de todo éramos dos personas independientes, capaces de tener dos series diferentes de sentimientos; ninguno de los dos tenía razón o estaba equivocado. Cada uno de nosotros sentía lo que sentía.
Durante algún tiempo, mí nueva habilidad fue una gran ayuda; hubo una notable disminución en el número de discusiones entre los niños y Yo. Luego un día mi hija declaró, "Odio a mi abuela" y se refería a mi madre. No dudé ni por un segundo. "Lo que acabas de decir es algo terrible", repliqué con brusquedad. "Bien sabes que no lo dices en serio. No quiero volver a oír esas palabras saliendo de tu boca."
Ese pequeño' intercambio me enseñó algo más acerca de mí misma. Podía mostrar mi aceptación acerca de la maYoría de los sentimientos que albergaban los niños, pero que uno de ellos se atreviera a decirme algo que me hiciera sentir encolerizada o ansiosa y al instante volvía a mi antigua manera de ser.
Desde entonces he aprendido que mi reacción no era nada insólito. A continuación encontrará algunos ejemplos de otros comentarios que hacen los niños y que a menudo conducen a una negación automática de los padres. Por favor, lea cada uno de los comentarios y anote lo que usted piensa que un padre podría decir si estuviese negando los sentimientos de su hijo.
Continues...
Excerpted from Como Hablar para que Los Ninos Escuchenby Adele Faber Copyright © 2006 by Adele Faber. Excerpted by permission.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.